Il faut toujours garder les deux yeux ouverts,
un œil ouvert sur la misère du monde pour la combattre,
un œil ouvert sur sa beauté ineffable, pour rendre grâce.
-Abbé Pierre.

martes, 25 de junio de 2013

Cuéntame un cuento

                                                                                                                                        Foto: Kris el Vikingo

Cuéntame un cuento.
Está bien, ¿cuál?
El de la ardilla.
De acuerdo, siéntate.

Érase una vez una ardilla
que gustaba de ver a sus amigos.
Ellos eran el pájaro,
el caballo
y la salamandra.

El pájaro era un tipo ocupado,
cuando no estaba traduciendo textos a tres idiomas
volaba de un lado a otro trajeado
con su maletín lleno de papeles.

El caballo podía haberse dedicado a las carreras,
pero era payaso por amor al arte.

La salamandra disfrutaba panza arriba
del sol y la luna por igual
y soñaba que montaba en moto por el desierto del Gobi.

La ardilla,
que escribía versos en prosa
y sólo se cansaba de la desidia,
reunió a todos un día y les explicó:

He visto un prado
donde las flores crecen hasta ser árbol.
En él hay un lago
donde el agua suena como el mar.
Los peces
te saludan entre la hierba,
y el cielo está cosido a la tierra
con cristales de sal.
¡Vamos!
Podemos bajar rodando
y llegar antes de que anochezca.

 El pájaro se disculpó, tenía una reunión.

El caballo se rió, pensaba que era una broma.

La salamandra no había escuchado, se había despertado con la risa del caballo.

La ardilla,
que escribía versos en prosa
y sólo se cansaba de la desidia,
recordó algo sobre estos señores.
Ellos eran el pájaro,
el caballo
y la salamandra
—.
 
Recordó que eran amigos no porque sí,
si no porque había crecido con ellos
hasta ser más que árbol.
Con ellos había escuchado la lluvia,
que suena como el mar.
Conocido lo desconocido,
agarrado las estrellas,
cristales de sal y luz azul.

Eso recordó.
En este otro prado
donde el tiempo moría al nacer,
rodando una y otra vez
cada anochecer.

Cuéntame otro cuento.
Está bien, ¿cuál?


domingo, 3 de marzo de 2013

Hoy



Hoy me acaricias
con gemas y alhajas.
Hoy creamos en sueños,
de vidas presentes y atadas,
el jardín de las delicias.

Hoy me ofreces tesoros
de palabras abrazados
con labios,
pecados,
luz,
suspiros
y brazos amados.

Hoy me regalas
sonrisa y vida.
Y es que la poesía,
la que tienes por alas,
de nada sirve
si no es compartida.

martes, 29 de enero de 2013

El mar

 
                                                                                                                                    Foto: Maxi Conesa


¿Y si el mar quisiera ser de aire?
Habitar el cielo,
volar con los sueños
que vieron nacer sus alas.
Medir el tiempo,
acariciar
con la punta de los dedos
tu mirada.

¿Y si el mar fuera de tierra?
Las entrañas del camino
con su sangre llenaría.
Abrazar las raíces
del olivo centenario
y guardar en su regazo
los tesoros del olvido,
eso haría.

¿Y si el mar bailase al son del fuego
dibujando poesía
con su lengua incandescente?
En su ira encontrarías
la canción más serena

dulce
demente,
y a la vez tardía.

Pero el mar no quiere viento,
no es arena,
no arde y baila.
Si así fuera
no habría lluvia
que borrase mis recuerdos
ni la sal
de tus lágrimas.

martes, 8 de enero de 2013

Los sueños de Guido

                                                                                                        Foto: Isabel Munuera

Doquiera que des tu oído
reman los sueños de Guido.
Mira de canto la escala,
famoso el Himno a San Juan.
Soltura de voz y de habla
labran sonidos divinos,
silencio y firme compás.


Pequeño homenaje en verso a un curioso episodio de la historia de la música… En la Edad Media se cantaba un himno dedicado a San Juan Bautista que tenía una particularidad: cada frase musical comenzaba con una nota superior a la que antecedía. Guido d’Arezzo, monje benedictino que vivió en el siglo XI, tomó la primera sílaba de cada verso como alternativa a los nombres antiguos de las notas, que hasta entonces se denominaban con letras del abecedario. El texto decía así:

Ut queant laxis

resonare fibris

mira gestorum

famuli tuorum

solve polluti

labii reatum

Sancte Ioannes.

Para que puedan

exaltar a pleno pulmón

las maravillas

estos siervos tuyos

perdona la falta

de nuestros labios impuros

San Juan.


Cinco siglos más tarde, fue un tal Anselmo de Flandes el que sugirió que las iniciales del último verso, Sancte Ioannes, dieran nombre a la nota Si. Y ya en el siglo XVII el musicólogo Giovanni Battista Doni cambió Ut por la primera sílaba de su apellido.

Quedó así definido el nombre de las notas musicales: Do Re Mi Fa Sol La Si (que componen también el comienzo de los versos de "Los sueños de Guido"). Este sistema convive en la actualidad con sus predecesores: en Francia, por ejemplo, siguen usando Ut en lugar de Do, y en países anglosajones predomina el uso de las siete primeras letras del abecedario, siendo A B C D E F G equivalente a La Si Do Re Mi Fa Sol. Sin ir más lejos, las claves de Sol, Fa y Do son las letras G, F y C un tanto ornamentadas y transformadas por el tiempo.


Evolución de las claves musicales
Fuente: Wiechowicz Stanisław: Ćwiczenia w starych kluczach. Część pierwsza.
3-głosowe utwory dawnych mistrzów (XIII-XVIII w.).
Cracow, Polskie Wydawnictwo Muzyczne, 1953.


Existen muchos más sitemas para nombrar los sonidos, fantásticas herramientas de codificación que nos ayudan a hacer música, poemas y viceversa, pero que en ocasiones transmiten mensajes inquietantes, como este que surge de combinar el solfeo occidental con el sargam de la India: Si MiDo Mi LaDo ReLaMiDo PaGaRé SaNiDá. Ahí lo dejo.

jueves, 3 de enero de 2013

¿A qué has venido?

                                                                                                                             Foto: Juan García González

He venido
a inventarme los colores
que el pintor derramará
por las aguas
del río;
no soy más
que un trozo de hilo
anudado por un lado
al extremo
del olvido.

Van conmigo las maletas
ocupadas con vacío
según si el paso es fértil
o baldío;
estaré cerca de aquél
que conciba el temor
como un amigo
del camino.

No hay error posible
si lo único que hacemos
es cruzar de un lado a otro
con las manos abiertas,
los ojos abrazados
y el corazón
henchido.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Sinergia intrapersonal

                                                                                                                             Foto: Juan García González

    Me presento, me llamo Ira Gneis. Estoy acostumbrado a repetir mi nombre porque causa confusión. Ira Gneis, con g muda. Aunque con este apellido no lo pasé bien en el colegio, mi autoestima se vio levemente restaurada en la adolescencia cuando aprendí en clase de geología que el gneis es una piedra muy útil, resistente y funcional.
   Por otro lado mi madre, que es de Carabanchel pero de origen hebreo, quiso obsequiarme con un pedazo de nuestra historia familiar, el nombre de mi bisabuelo, un hombre que murió atropellado por un carrito de helados. Ira, que en castellano significa furia y en hebreo atento. Estos dos atributos antagónicos, la irritabilidad y la perspicacia, han contribuido a formar mi carácter. Soy un tipo meticuloso y maniático, no me tomo en serio los rituales sociales, pero soy observador, y no ignoro que se me considera hosco y ligeramente antipático. Sin embargo mi dureza es relativa, pues he notado que mi presencia en ciertas situaciones afecta de manera inesperada e insólita.
    En una ocasión, por ejemplo, fui testigo e instigador de un romance sorprendente. El portero de mi antigua finca era torpe, delgaducho y poco agraciado. Una mañana, mientras me entregaba correo atrasado junto a la escalera, una vecina sin antecedentes conocidos de índole carnal (señora viuda de perfil respingón y peinado gris, con joyas de oro, excesivo perfume y un caniche bajo el brazo) al cruzarse con nosotros perdió la compostura de manera ostensible ante la insulsa voz de Regino. Se detuvo embelesada y las gafitas se le empezaron a resbalar a causa de un irrefrenable sofoco, se le desabrochó involuntariamente un botón de la blusa y, una vez hube abandonado la escena con cierto pavor, sucumbió a los encantos del apocado bedel a juzgar por los gemidos de loca que pocos minutos después emanaron del ascensor, audibles desde cualquier punto del edificio y tan solo desafiados por los ridículos ladridos del caniche Perlita, que sentía herido su orgullo canino -más aún si cabe con ese nombre- sin duda porque le habían dejado en el pasillo.
    Mi psicoanalista dice que tengo un trauma de la infancia y que tengo que superar barreras mentales, que no es bueno que me atribuya la autoría de la conducta alterada de terceros. Pero mi psicoanalista, el doctor Olivares, tiene sesenta y tres años y desde que acudo a su gabinete ha reducido su jornada a la mitad para dedicar las mañanas a la escalada, descenso de cañones y piragüismo. A veces le tengo que esperar en la consulta mientras él llega tarde, aún con ropa deportiva, con unos auriculares de última generación escuchando a los Strokes a todo volumen y dedicándole versos picantes a su secretaria, que se pone roja y asegura que este comportamiento es totalmente nuevo en el doctor.
   Pero no quiero extenderme en este superpoder a la Jean-Baptiste Grenouille, el protagonista de la novela de Süskind que provoca hechos inverosímiles con sus perfumes, habilidad que salpimenta mis días con anécdotas tan peculiares como irrelevantes. Más bien quiero contar cómo esta vez me la han jugado a mí.
    El viernes antes de ir al despacho decidí desayunar fuera de casa. No lo he dicho, pero trabajo en una conocida multinacional heladera. Tras el accidente, mi bisabuela recibió una generosa indemnización y curiosamente lo que le quitó la vida a mi bisabuelo tocayo nos ha acabado dando la vida a sus descendientes en forma de negocio familiar. Como iba diciendo, quería desayunar fuera, así que entré en un bar cercano y pedí un croissant y un café solo. El local estaba tranquilo, había dos o tres personas, las paredes estaban grasientas, olía a fregona sucia y el camarero representó su papel de camarero, justo lo que yo esperaba en esa mañana anodina. Mi papel también lo seguí, no hay como actuar según las expectativas de un entorno aburrido conocido, no estaba yo para florituras.
    Así que allí me encontraba sorbiendo café con un trozo de croissant en la boca, leyendo de soslayo los titulares más destacados en un periódico usado. Ni siquiera me di cuenta de que alguien se había sentado en mi mesa hasta que abrió la boca.
    -Ya no quedan osos en Siberia.
    Era una mujer de pelo negro y liso, con gafas de sol y una gabardina. Tenía cierta clase y a la vez un aire despistado, la piel muy clara, los labios demasiado pintados y una sonrisa nerviosa. Pensé que se parecía a Shelley Duvall.
    -¿Cómo dice?
    -Ya no quedan osos en Siberia.
    Creí que se refería a alguna noticia conocida por todos que a mí se me había escapado. Para no parecer desinformado le dije con cierta indiferencia:
    -Desde luego que no, no como los de antes.
    Me escrutó, imaginé que alzaba los párpados inferiores bajo los cristales oscuros y tras una estupenda pausa dijo con aprobación:
   -Es usted más hábil de lo que creía, casi ni le reconozco… La agencia los suele enviar menos preparados y se les nota a la legua.
    Me quedé un instante pensando si realmente se habría extinguido el mentado mamífero siberiano, pero algo me dijo que debía dejar esas cavilaciones de lado y estar alerta ante este inesperado encuentro. Decidí seguirle la corriente a Shelley.
    -Me llamo Trabazón, Jaime Trabazón- improvisé.
    -No he venido para hacer amigos, sígame.
    La portezuela del baño estaba entreabierta, Shelley se acercó a ella, miró alrededor con precaución, comprobó que nadie la observaba y, sin entrar, tras hacer un gesto de complicidad con el camarero, cerró la puerta un instante, giró con destreza cual manivela un perchero que había en la pared, volvió a abrir y me tiró de la solapa para que la siguiera.
    El baño, antes un cubículo apestoso de un metro cuadrado, se presentaba ahora como la sala de espera de un dentista del futuro, con amplias, impecables y luminosas paredes, un mostrador que diríase de alabastro, y tras él una señorita uniformada con una sonrisa que parecía que le había tocado un premio.
    -Aquí tienen sus credenciales, señores. Por favor, accedan al transbordador, les están esperando.
    Una puerta automática se abrió con sonido de suspiro y nos subimos a un cochecito como de montaña rusa, pero mejor.
    -No hagas preguntas, el comité te dirá todo lo que necesitas saber.
    Había empezado a tutearme, a estas alturas me daba apuro sacar a esta mujer de su error. Obviamente me había confundido con otro, pero no estaba yo del todo incómodo porque había conseguido llevarme en la mano lo que me quedaba de croissant.
    -No he pagado el café…
    -Tranquilo, la agencia cubre los gastos. ¿No te dan ticket restaurant? Ya hemos llegado, por aquí.
    Subimos por una escalera de caracol a lo que parecía una plataforma para aterrizar helicópteros, nos acercamos a una enorme mesa en forma de media luna en la que señores encorbatados ensayaban poses solemnes. Con nuestra llegada se hizo el silencio y uno de ellos, azorado, se puso el bigote que tenía apartado seguramente para descansar de tanta seriedad. Me pareció ver por debajo de la mesa que uno llevaba puesto un tutú rosa, y justo cuando me disponía a constatar este hecho, el que se hallaba en el centro, un tipo calvo al que el pelo se le había caído a la barba, tomó la palabra.
    -Bienvenido, agente. No nos andaremos por las ramas, el asunto que nos ocupa es de suma importancia. Como sabe, le ha sido encomendada esta peligrosa misión por su experiencia en el terreno. Confiamos en su capacidad para llevar a buen término los objetivos de esta operación, por favor, no nos defraude. La inversión de los polos magnéticos terrestres está programada a las veinte horas del día cero, su cometido será accionar a tiempo el acumulador de eones asumiendo el menor número de bajas posible. La configuración del dispositivo ha sido meticulosamente estudiada por nuestros ingenieros para que se salven los inversores y los ejecutores primero, y a continuación, en progresión geométrica exponencialmente inversa, los técnicos, los animadores, los aglomerantes, y por último los pringados. Encontrará el equipo necesario con instrucciones precisas en la oficina central, recibirá apoyo permanente vía satélite y al término de la operación podrá consultar su saldo en cualquier cajero automático con su tarjeta club. Si completa con éxito la misión dispondrá además de cinco créditos extra para su plan de exilios planetarios. Ahora, por favor, salga sigilosamente, el agente Ramírez ya está sirviendo cañas y no puede atender las salidas y entradas. ¿Tiene alguna pregunta?
      -He sido informado de que el café lo paga la agencia… 
    -Así es, sin embargo me temo que la bollería no está incluida. Tiene la cuenta esperando en su mesa. Una cosa más, apague la luz al salir, estamos recortando gastos.
    Pensé en pedir el libro de reclamaciones por avasallar a un cliente, estos tipos parecían vivir a lo grande y si jugaba bien mis cartas podría conseguir un pase doble para el zoo o el aquarium.
    -Aquí ha habido un error, me estoy empezando a irritar. Mi nombre es Ira Gneis…
    -¿Cómo?
    -Ira Gneis, mi madre…
   -Por supuesto, agente, conocemos su otra identidad, es parte del guión. Si es tan amable, tenemos una reunión urgente, estamos especulando sobre unos terrenos en el sistema solar vecino, si nos disculpa.
    Shelley Duvall me tomó del brazo, me acompañó de vuelta al cochecito y de ahí al vestíbulo futurista.
    -Me despido aquí, dame tu credencial, ya giro yo la manivela desde dentro.
    Me pasó el dedo por la mejilla para quitarme un churrete de café y se giró para hablar de marcas de pintauñas con la señorita sonriente. Salí del baño y cerré la puerta detrás de mí, me acerqué a la mesa y efectivamente ahí estaba el platito con la cuenta. Pagué, salí a la calle sin despedirme del agente Ramírez y cogí un taxi a la oficina, a la que llegaba tarde.
    Hoy he ido a ver al doctor Olivares. Después de dejar apoyada en un lado de la salita una tabla de snowboard ha escuchado mi relato y dice que estoy haciendo progresos, que es mucho más saludable proyectar la sinergia intrapersonal sobre uno mismo que sobre otros.
    -Por cierto, doctor, ¿y su antigua secretaria?
   -Salió corriendo después de darle cita a usted la semana pasada y me ha llegado la noticia de que se ha hecho equilibrista de circo.
   

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Trapatiestas

                                                                                         Dibujo: Candela Sánchez Martín


El tiempo fue a una fiesta de disfraces y se disfrazó de espacio.


Destilería "La Vida Moderna":
someta su alma a altas presiones y llévese sus lágrimas en un frasco.


La mirilla es voyeur de reojo de lascivos llave y cerrojo.


Un sabio se expresa como un libro abierto; una maruja como un pergamino desenrollado.


El sentido común es la única especie que se extinguirá si dejamos de cazarla.


Su cara me suena mucho, por favor, baje el volumen.