Il faut toujours garder les deux yeux ouverts,
un œil ouvert sur la misère du monde pour la combattre,
un œil ouvert sur sa beauté ineffable, pour rendre grâce.
-Abbé Pierre.

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martes, 23 de febrero de 2016

Clic



        En una reunión de colegas conocemos a un cantautor, David Pozo. Entre risas y piscolabis David Pozo coge la guitarra y canta. A mi amigo Pablo le ha gustado escucharle, se declara fan.  

        —¡Me encanta! clic ¿dónde estás en internet?
 
        Smartphone en mano. 

        —¿Estás en spotiflai? clic, te voy a seguir, clic clic clic, no te encuentro, clic.

        David Pozo está ahí, pero Pablo lo busca en internet.

        clic


sábado, 9 de noviembre de 2013

Una vida mejor


     Mamadou lleva ocho años en España. Vino desde Senegal con su mujer a buscar una vida mejor. Mamadou es soldador de aluminio, aprendió cuando era un niño en su país, y ahora que vive en Madrid se gana la vida con este oficio.

    A los dos años de llegar tuvo la oportunidad de incorporarse a una empresa con buen volumen de trabajo en obras y proyectos de construcción. Me iama el chico un domingo, ¿quiere trabajar?, ven lunes en Fuenlabrada, ven en mi ofisina, chao. Es lunes, voy en la ofisina, ola cómo estás, mira así son las condisiones, firma aquí, tú traes papeles empiesa trabajar, tres meses de contrato.

    ¿Qué voy aser? No tengo papeles, tengo que aser este trabajo ombre, son milquiniento euro al mes. Y e recordado de mi amigo paisano que me a dicho ombre, si tú tiene trabajo ió dejo mis papeles, ió no consigo y tú puede utilisar. Me da vergüensa de mentir a ese chico, pero tengo que conseguir el trabajo. E ido en la ofisina con papeles de mi amigo, tú sabe, en la foto paresemos, somos de mismo año y todo, y disen que todos los negro paresemos igual.

    El chico no me a dicho nada, firma contrato y empiesa trabajar. En esta empresa emo echo aí en Embajadore edifisio, toda las vaia, reja y cosa de metal, e soldado ió. El chico me iama a veses sábado, cuando no trabaja, y ió voy, siempre digo sí voy a trabajar, de siete de la mañana a siete de la tarde.

    A veses voy aí en Casteiana con cuartel de militares a una obra, eios me an dicho tiene papeles y ió enseño de mi amigo. Ningún problema, e tenido mucha suerte. El jefe e caído bien y quiere que ió trabajo más. Ió quería desir que no tengo papeles porque me a dicho aser contrato indefinido, pero tengo miedo de perder trabajo. Ni siquiera españole que ievan aí dies, veinte año tiene ese contrato. Al final no e dicho nada porque jefe dise ió confío mucho en ti, quiero que siga conmigo. Ió estoy contento y porque tengo aí en esa empresa cuatro año trabajando. E tenido ija con mi mujer y emo podido vivir bien.

    Pero un día mi amigo dise que quiere cobrar paro, ió le digo podemo arreglar, te doy dosiento, tresiento euro al mes. Él dise que no, quiere cobrar paro y sabe, la gente le dise qué ase aí dejando papeles a otro y tú está jodido. Así que voy y digo a mi jefe yo nesesito pedir una vacasión para ir a ver a mi familia. Él me a dejado cuatro mese de vacasión, que él e muy majo, pero cuando quiero volver ió quiero desir de mis papeles porque ió no puedo seguir igual.

    E tenido vergüensa y e pedido a mi amiga española que me aiude ablar con mi jefe. Cuando emo ido con él, queda mudo, no puede creer, quiere aiudá pero no puede dar mi trabajo otra ves. Cuando tú tiene papeles sabe que aquí tiene trabajo, a dicho.

    Ase dó año que dejé ese trabajo y cuatro veses an denegado los papeles, ió no sé quién inventó eso pero me a tocado, y si te toca te toca. Ió no puedo quejá porque ai gente mucho peor, con la que está caiendo. Aora mi mujer a ido en Fransia con mi ija, ieva aí dó año, dise que voy aí trabajá, pero no e fásil, tengo que juntar dinero y e caro aí.

    Mamadou vive en Lavapiés, le he conocido en Ésta es una Plaza, un solar reconvertido en parque, huerta, biblioteca y lugar de reunión y juegos de una comunidad de vecinos autogestionada donde los niños corren por todas partes. Un lugar lleno de vida. Una vida mejor.


martes, 22 de octubre de 2013

La lengua más antigua del mundo


    En Prosíleon, la región más septentrional de la península de Ornesis, gélidas tierras bañadas por los mares árticos, se asienta la tribu de los psyr. El descubrimiento de esta tribu en la década de los 40 y el estudio realizado por el filólogo argentino Félix Aruelas Corín (1904-1998) han dado lugar a diversos documentos que describen los rasgos de su lengua: el kahrsi[1].

    Aunque los lingüistas ponen en duda la posibilidad de identificar o reconstruir idiomas cuya existencia exceda los cinco o seis mil años, algunos afirman que el kahrsi podría ser el más antiguo de la Tierra, anterior incluso a la lengua proto-mundo[2].

    Los psyr, con una población de unos quinientos habitantes, han evolucionado al margen de la sociedad moderna durante miles de años, son también conocidos como los supraoculi (ojos grandes) y sobreviven a día de hoy en un valle rocoso horadado por cuevas y complejas estructuras laberínticas, constituyendo también uno de los asentamientos humanos más antiguos y admirables habitados. 

    El Dr. Aruelas Corín ha detallado la morfología y sintaxis del kahrsi en un extenso compendio de artículos y grabaciones subvencionadas por la BBC, del cual he extraído los rasgos más genéricos (suficientemente fascinantes para el desconocedor y explicados de manera informal en el presente artículo).

    Así, nos hallamos ante una lengua única en su género. Las primeras observaciones describen cómo esta tribu parece comunicarse a través de sonidos muy largos, emitidos con la técnica de respiración circular y con sus interlocutores procediendo de manera simultánea. Anota el filólogo que “el aborigen, hallándose solo y, lo que es más sorprendente, durmiendo, resuena constantemente sin aparente interrupción, produciendo una suerte de ronquido cuasi infinito”.

    Los estudios iniciales van orientados a clasificar los diferentes sonidos para dar con patrones y estructuras reconocibles, pero la labor resulta ardua y harto complicada dado que, por un lado, dichas emisiones guturales no parecen diferenciarse por su cadencia ni articulación —suenan todas igual, al menos para el neófito—, y por otro, los sujetos de Prosíleon sólo interrumpen su arenga con ocasionales y misteriosos silencios al interactuar entre sí, lo que produce vocablos tremendamente largos prácticamente imposibles de adscribir a un catálogo lingüístico convencional.

    Al cabo de aplicar diversos enfoques, el Dr. Aruelas, en un fantástico alarde de percepción tangencial[3], da con la fórmula que rige la maravillosa esencia del kahrsi. Esta lengua no se compone de distintas articulaciones sonoras emitidas por el interlocutor —como toda lengua hablada conocida hasta entonces—, sino de las pausas que interrumpen dichas emisiones. Así, el psyr articula palabras cuando calla; el kahrsi es la ausencia de sonido, es una lengua afónica, silente. No emite, omite. El sonido es su lienzo, el silencio su mensaje.

    La asombrosa cualidad sigilosa de este lenguaje contrasta con el murmullo permanente que la rodea, que abruma y aturde a los visitantes al adentrarse en este reducto de la civilización.

    De sus múltiples particularidades, cabe destacar el uso potenciado de ciertas habilidades sensoriales en los kahrsi-hablantes. A este respecto, el Dr. Aruelas Corín propone en uno de sus artículos más celebrados el uso del neologismo sentiblo —homólogo de nuestro vocablo—, para designar cada palabra que compone esta lengua (vocare, llamar, por sentire[4], sentir). Una vez estudiado en profundidad podemos saber que el sentibulario kahrsi es incluso más extenso que el vocabulario de cualquier lengua moderna.

    La sutileza con que los psyr distinguen cada sentiblo radica en un sentido de la vista y del tacto hiperdesarrollados. (De ahí que sus rasgos físicos destaquen por esos enormes ojos y, como se ha sabido por estudios posteriores, una piel “más avanzada”, repleta de receptores sensoriales similares a los de las yemas de los dedos).

    Estos protohombres perciben la ausencia de vibración sonora en el aire y en los objetos y observan a su interlocutor con mirada atenta; en su tradición es más importante lo que no se dice. Han perfeccionado de tal manera la lectura del lenguaje corporal que el silencio es su máxima expresión verbal.

    Desde su hallazgo, y gracias a la difusión del trabajo de F. Aruelas Corín, no han faltado escritores y poetas embarcados en la difícil tarea de transcribir este lenguaje desde sus distintas perspectivas. Así, por ejemplo, encontramos la novela sin título del neoconceptual francés Gerard Crustard (1933-2009), íntegramente escrita en kahrsi, cuyos ejemplares no se pueden ni pudieron ser nunca adquiridos en ninguna librería.

    Bajo estas líneas se muestran los primeros versos del poema épico Shh (en su transcripción fonética), que narra la epopeya del homónimo héroe sordo en las cordilleras del Epicóndilo Magiar, del poeta inglés Jeremiah W. Ringstone (1937-1969).












Primeros versos de Shh, por J. W. Ringstone.

    Refiriéndonos a otras disciplinas artísticas, hay quien ha querido ver un homenaje a la lengua kahrsi en la conocida obra 4’33’’ del compositor vanguardista americano John Cage (1912-1992). (De hecho, aún están por estudiar los artificios musicales con los que los psyr enriquecen su cultura, “maniobras incomprensibles en superficies sonoras, gestos mudos y manipulaciones del aire que aspiran a atenuar la vibración de la Tierra y el Universo”, en palabras del Dr. Corín).

    Múltiples y asombrosos rasgos caracterizan la lengua más antigua del mundo, cuya enumeración exhaustiva escapa al ámbito de este artículo. Sin embargo, no quisiera concluir sin una reflexión final. Planteémonos lo fácil de pronunciar que resulta el kahrsi, lo conveniente y sin embargo inusual de su puesta en práctica en las sociedades avanzadas y, a su vez, la cantidad inabarcable de malentendidos y barbaridades que provocamos cuando, en ocasiones, callamos.


[1]. Del griego καηρσι, percepción.
[2]. Proto-mundo (o proto-humano) es el hipotético ancestro común más reciente de todos los idiomas del mundo.
[3]. Teoría de la percepción desarrollada por el filósofo y viajero en el tiempo G. Higgins Valdemar (2047-).
[4]. No es casualidad que la etimología del verbo sentir signifique originalmente oír, atributo que mantienen el italiano y el catalán, por ejemplo.

martes, 25 de junio de 2013

Cuéntame un cuento

                                                                                                                                        Foto: Kris el Vikingo

Cuéntame un cuento.
Está bien, ¿cuál?
El de la ardilla.
De acuerdo, siéntate.

Érase una vez una ardilla
que gustaba de ver a sus amigos.
Ellos eran el pájaro,
el caballo
y la salamandra.

El pájaro era un tipo ocupado,
cuando no estaba traduciendo textos a tres idiomas
volaba de un lado a otro trajeado
con su maletín lleno de papeles.

El caballo podía haberse dedicado a las carreras,
pero era payaso por amor al arte.

La salamandra disfrutaba panza arriba
del sol y la luna por igual
y soñaba que montaba en moto por el desierto del Gobi.

La ardilla,
que escribía versos en prosa
y sólo se cansaba de la desidia,
reunió a todos un día y les explicó:

He visto un prado
donde las flores crecen hasta ser árbol.
En él hay un lago
donde el agua suena como el mar.
Los peces
te saludan entre la hierba,
y el cielo está cosido a la tierra
con cristales de sal.
¡Vamos!
Podemos bajar rodando
y llegar antes de que anochezca.

 El pájaro se disculpó, tenía una reunión.

El caballo se rió, pensaba que era una broma.

La salamandra no había escuchado, se había despertado con la risa del caballo.

La ardilla,
que escribía versos en prosa
y sólo se cansaba de la desidia,
recordó algo sobre estos señores.
Ellos eran el pájaro,
el caballo
y la salamandra
—.
 
Recordó que eran amigos no porque sí,
si no porque había crecido con ellos
hasta ser más que árbol.
Con ellos había escuchado la lluvia,
que suena como el mar.
Conocido lo desconocido,
agarrado las estrellas,
cristales de sal y luz azul.

Eso recordó.
En este otro prado
donde el tiempo moría al nacer,
rodando una y otra vez
cada anochecer.

Cuéntame otro cuento.
Está bien, ¿cuál?


viernes, 28 de diciembre de 2012

Sinergia intrapersonal

                                                                                                                             Foto: Juan García González

    Me presento, me llamo Ira Gneis. Estoy acostumbrado a repetir mi nombre porque causa confusión. Ira Gneis, con g muda. Aunque con este apellido no lo pasé bien en el colegio, mi autoestima se vio levemente restaurada en la adolescencia cuando aprendí en clase de geología que el gneis es una piedra muy útil, resistente y funcional.
   Por otro lado mi madre, que es de Carabanchel pero de origen hebreo, quiso obsequiarme con un pedazo de nuestra historia familiar, el nombre de mi bisabuelo, un hombre que murió atropellado por un carrito de helados. Ira, que en castellano significa furia y en hebreo atento. Estos dos atributos antagónicos, la irritabilidad y la perspicacia, han contribuido a formar mi carácter. Soy un tipo meticuloso y maniático, no me tomo en serio los rituales sociales, pero soy observador, y no ignoro que se me considera hosco y ligeramente antipático. Sin embargo mi dureza es relativa, pues he notado que mi presencia en ciertas situaciones afecta de manera inesperada e insólita.
    En una ocasión, por ejemplo, fui testigo e instigador de un romance sorprendente. El portero de mi antigua finca era torpe, delgaducho y poco agraciado. Una mañana, mientras me entregaba correo atrasado junto a la escalera, una vecina sin antecedentes conocidos de índole carnal (señora viuda de perfil respingón y peinado gris, con joyas de oro, excesivo perfume y un caniche bajo el brazo) al cruzarse con nosotros perdió la compostura de manera ostensible ante la insulsa voz de Regino. Se detuvo embelesada y las gafitas se le empezaron a resbalar a causa de un irrefrenable sofoco, se le desabrochó involuntariamente un botón de la blusa y, una vez hube abandonado la escena con cierto pavor, sucumbió a los encantos del apocado bedel a juzgar por los gemidos de loca que pocos minutos después emanaron del ascensor, audibles desde cualquier punto del edificio y tan solo desafiados por los ridículos ladridos del caniche Perlita, que sentía herido su orgullo canino -más aún si cabe con ese nombre- sin duda porque le habían dejado en el pasillo.
    Mi psicoanalista dice que tengo un trauma de la infancia y que tengo que superar barreras mentales, que no es bueno que me atribuya la autoría de la conducta alterada de terceros. Pero mi psicoanalista, el doctor Olivares, tiene sesenta y tres años y desde que acudo a su gabinete ha reducido su jornada a la mitad para dedicar las mañanas a la escalada, descenso de cañones y piragüismo. A veces le tengo que esperar en la consulta mientras él llega tarde, aún con ropa deportiva, con unos auriculares de última generación escuchando a los Strokes a todo volumen y dedicándole versos picantes a su secretaria, que se pone roja y asegura que este comportamiento es totalmente nuevo en el doctor.
   Pero no quiero extenderme en este superpoder a la Jean-Baptiste Grenouille, el protagonista de la novela de Süskind que provoca hechos inverosímiles con sus perfumes, habilidad que salpimenta mis días con anécdotas tan peculiares como irrelevantes. Más bien quiero contar cómo esta vez me la han jugado a mí.
    El viernes antes de ir al despacho decidí desayunar fuera de casa. No lo he dicho, pero trabajo en una conocida multinacional heladera. Tras el accidente, mi bisabuela recibió una generosa indemnización y curiosamente lo que le quitó la vida a mi bisabuelo tocayo nos ha acabado dando la vida a sus descendientes en forma de negocio familiar. Como iba diciendo, quería desayunar fuera, así que entré en un bar cercano y pedí un croissant y un café solo. El local estaba tranquilo, había dos o tres personas, las paredes estaban grasientas, olía a fregona sucia y el camarero representó su papel de camarero, justo lo que yo esperaba en esa mañana anodina. Mi papel también lo seguí, no hay como actuar según las expectativas de un entorno aburrido conocido, no estaba yo para florituras.
    Así que allí me encontraba sorbiendo café con un trozo de croissant en la boca, leyendo de soslayo los titulares más destacados en un periódico usado. Ni siquiera me di cuenta de que alguien se había sentado en mi mesa hasta que abrió la boca.
    -Ya no quedan osos en Siberia.
    Era una mujer de pelo negro y liso, con gafas de sol y una gabardina. Tenía cierta clase y a la vez un aire despistado, la piel muy clara, los labios demasiado pintados y una sonrisa nerviosa. Pensé que se parecía a Shelley Duvall.
    -¿Cómo dice?
    -Ya no quedan osos en Siberia.
    Creí que se refería a alguna noticia conocida por todos que a mí se me había escapado. Para no parecer desinformado le dije con cierta indiferencia:
    -Desde luego que no, no como los de antes.
    Me escrutó, imaginé que alzaba los párpados inferiores bajo los cristales oscuros y tras una estupenda pausa dijo con aprobación:
   -Es usted más hábil de lo que creía, casi ni le reconozco… La agencia los suele enviar menos preparados y se les nota a la legua.
    Me quedé un instante pensando si realmente se habría extinguido el mentado mamífero siberiano, pero algo me dijo que debía dejar esas cavilaciones de lado y estar alerta ante este inesperado encuentro. Decidí seguirle la corriente a Shelley.
    -Me llamo Trabazón, Jaime Trabazón- improvisé.
    -No he venido para hacer amigos, sígame.
    La portezuela del baño estaba entreabierta, Shelley se acercó a ella, miró alrededor con precaución, comprobó que nadie la observaba y, sin entrar, tras hacer un gesto de complicidad con el camarero, cerró la puerta un instante, giró con destreza cual manivela un perchero que había en la pared, volvió a abrir y me tiró de la solapa para que la siguiera.
    El baño, antes un cubículo apestoso de un metro cuadrado, se presentaba ahora como la sala de espera de un dentista del futuro, con amplias, impecables y luminosas paredes, un mostrador que diríase de alabastro, y tras él una señorita uniformada con una sonrisa que parecía que le había tocado un premio.
    -Aquí tienen sus credenciales, señores. Por favor, accedan al transbordador, les están esperando.
    Una puerta automática se abrió con sonido de suspiro y nos subimos a un cochecito como de montaña rusa, pero mejor.
    -No hagas preguntas, el comité te dirá todo lo que necesitas saber.
    Había empezado a tutearme, a estas alturas me daba apuro sacar a esta mujer de su error. Obviamente me había confundido con otro, pero no estaba yo del todo incómodo porque había conseguido llevarme en la mano lo que me quedaba de croissant.
    -No he pagado el café…
    -Tranquilo, la agencia cubre los gastos. ¿No te dan ticket restaurant? Ya hemos llegado, por aquí.
    Subimos por una escalera de caracol a lo que parecía una plataforma para aterrizar helicópteros, nos acercamos a una enorme mesa en forma de media luna en la que señores encorbatados ensayaban poses solemnes. Con nuestra llegada se hizo el silencio y uno de ellos, azorado, se puso el bigote que tenía apartado seguramente para descansar de tanta seriedad. Me pareció ver por debajo de la mesa que uno llevaba puesto un tutú rosa, y justo cuando me disponía a constatar este hecho, el que se hallaba en el centro, un tipo calvo al que el pelo se le había caído a la barba, tomó la palabra.
    -Bienvenido, agente. No nos andaremos por las ramas, el asunto que nos ocupa es de suma importancia. Como sabe, le ha sido encomendada esta peligrosa misión por su experiencia en el terreno. Confiamos en su capacidad para llevar a buen término los objetivos de esta operación, por favor, no nos defraude. La inversión de los polos magnéticos terrestres está programada a las veinte horas del día cero, su cometido será accionar a tiempo el acumulador de eones asumiendo el menor número de bajas posible. La configuración del dispositivo ha sido meticulosamente estudiada por nuestros ingenieros para que se salven los inversores y los ejecutores primero, y a continuación, en progresión geométrica exponencialmente inversa, los técnicos, los animadores, los aglomerantes, y por último los pringados. Encontrará el equipo necesario con instrucciones precisas en la oficina central, recibirá apoyo permanente vía satélite y al término de la operación podrá consultar su saldo en cualquier cajero automático con su tarjeta club. Si completa con éxito la misión dispondrá además de cinco créditos extra para su plan de exilios planetarios. Ahora, por favor, salga sigilosamente, el agente Ramírez ya está sirviendo cañas y no puede atender las salidas y entradas. ¿Tiene alguna pregunta?
      -He sido informado de que el café lo paga la agencia… 
    -Así es, sin embargo me temo que la bollería no está incluida. Tiene la cuenta esperando en su mesa. Una cosa más, apague la luz al salir, estamos recortando gastos.
    Pensé en pedir el libro de reclamaciones por avasallar a un cliente, estos tipos parecían vivir a lo grande y si jugaba bien mis cartas podría conseguir un pase doble para el zoo o el aquarium.
    -Aquí ha habido un error, me estoy empezando a irritar. Mi nombre es Ira Gneis…
    -¿Cómo?
    -Ira Gneis, mi madre…
   -Por supuesto, agente, conocemos su otra identidad, es parte del guión. Si es tan amable, tenemos una reunión urgente, estamos especulando sobre unos terrenos en el sistema solar vecino, si nos disculpa.
    Shelley Duvall me tomó del brazo, me acompañó de vuelta al cochecito y de ahí al vestíbulo futurista.
    -Me despido aquí, dame tu credencial, ya giro yo la manivela desde dentro.
    Me pasó el dedo por la mejilla para quitarme un churrete de café y se giró para hablar de marcas de pintauñas con la señorita sonriente. Salí del baño y cerré la puerta detrás de mí, me acerqué a la mesa y efectivamente ahí estaba el platito con la cuenta. Pagué, salí a la calle sin despedirme del agente Ramírez y cogí un taxi a la oficina, a la que llegaba tarde.
    Hoy he ido a ver al doctor Olivares. Después de dejar apoyada en un lado de la salita una tabla de snowboard ha escuchado mi relato y dice que estoy haciendo progresos, que es mucho más saludable proyectar la sinergia intrapersonal sobre uno mismo que sobre otros.
    -Por cierto, doctor, ¿y su antigua secretaria?
   -Salió corriendo después de darle cita a usted la semana pasada y me ha llegado la noticia de que se ha hecho equilibrista de circo.
   

jueves, 11 de octubre de 2012

El hombre

                                                                                                                             Foto: Maxi Conesa

    Un hombre está sentado en mitad del desierto. Hay montañas de escombros, entramados de raíces arrancadas forman madejas a medio tejer. Alrededor nada, sólo desierto, nada. Él está sobre una piedra ancha, con los pies descalzos hurga en la arena caliente. Sus brazos acaban en manos apoyadas y muñecas doloridas, mira hacia abajo con sus ojos, mira hacia adentro con sus entrañas. El sol le quema la espalda, no sabe desde cuándo está en este lugar.
    Este hombre hace preguntas. Su amigo, su sangre, su hermano… este hombre hace preguntas pero el fuego del aire las deshace. Su ropa está hecha jirones, cree haber llegado en un naufragio. Sí, nota la sal en los labios y el pelo áspero, metal en las encías. En sus oídos aprieta una voz, un grito de otro hombre que le ahoga, es tan fuerte que se parece al silencio, pero pesa como una vida. Aprieta los dientes y los párpados, exhala aliento de tierra, y le abrasa por dentro. La voz le da tregua y se aleja con una brisa tenue.
    Este hombre ha abrazado el amor, y el amor ha llorado en sus brazos. Pero no es este el lamento que lo acompaña. Él ha matado, ha matado con sus manos a su amigo, su sangre, su hermano. Lo ha matado con sus manos, con sus palabras y con su corazón. Ahora el llanto que ansía son alfileres oxidados, una terrible maldición apoya la mano sobre su hombro, y no comprende si esto es dulce o amargo. Quiere aprender a romperse, es una figura de barro que se pensaba hombre y acaba de descubrir con perplejidad su naturaleza. Nunca la fuerza y la fragilidad se habían mirado tan de cerca, un hilo mantiene unidos el cielo y la tierra.
    En el desierto la luz no sabe a quién querer, no entiende a los hombres, no entiende la vida, no entiende la muerte. El hombre sentado tampoco sabe, pero su dolor arde como la esfera que escupe su sombra. Contiene la respiración, ésta podría ser la eternidad, el sudor muerde la piedra y no hay reflejo en sus ojos llenos de polvo. Ya no hay tiempo, se congelan las horas y la llanura que lo rodea es un precipicio infinito. Su cuerpo se esparce y se funde con las raíces, que no le tienen rencor.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Burocracia de finales de siglo

   Interior, noche, la luz de un generador chispea sobre un escritorio. Una conversación, dos individuos, uno es personal burocrático, el otro ciudadano de a pie, el primero lleva chaqueta de skay, pelo engominado, barba rala, el segundo viste con menos clase, sostiene una boina de fieltro en sus manos, comparece encorvado y es interrogado acerca de un incidente con un gato cojo.
  Nombre.
  Gustavo.
  Apellidos.
  Higgins Valdemar.
  Fecha de nacimiento.
  Veintiocho de diciembre de dos mil cuarenta y siete.
  Estado civil.
  Separado.
  Estado mental.
  Separado también.
  Número de Contribuyente.
  Ciento setenta y cuatro mil quinientos diecisiete.
  Dígame, señor… Higgins Valdemar. ¿Dónde se encontraba usted la noche de los hechos?
  Estuve en mi receptáculo, señor.
  Algunos testigos afirman haberle visto en la escena del incidente.
  Subí a la superficie a recoger sal del dispensador comunitario, señor.
  Usted sabe que está prohibido acceder a la superficie después del toque de queda.
  Sí, lo siento señor, mi madre no soporta las transcelgas sosas.
  No es excusa, velamos por su seguridad, no podemos garantizársela si no acata las normas, señor Higgins Valderrama.
  Valdemar. Lo comprendo, señor.
  Describa su periplo al dispensador de sal.
  Pues verá, primero atendí el ruego de mi madre de prepararle su baño de pies, me dispuse a verter el salfumán para eliminar los hongos y…
  Por favor, limítese al grupúsculo horario comprendido entre su partida y su regreso al cubil.
  Claro, disculpe. Salí con la mascarilla de mi cuñado, la mía la tenía a lavar, me quedaba un poco grande así que no iba cómodo, además usted sabe que a veces el olor de otra persona le puede transportar así ¡zas! en un instante a otro tiempo y lugar, pues la mascarilla de mi cuñado me transportó a las rodillas de mi abuelo cuando era un mocoso.
  Su abuelo.
  No señor, cuando era un mocoso yo.
  Esta información es irrelevante.
  No señor, usted verá, el recipiente de vidrio soplado de cabeza metálica horadada…
  El salero.
  Eso es, señor, el salero, lo llevaba yo con dulzura, si se me permite la antítesis.
  Al grano, señor Hawthorn.
  Higgins. A lo que voy es que una serie de sucesos inevitables me llevaron a tardar más de lo deseado, sabía que estaba incumpliendo la ley del toque de queda y a mi madre se le enfriaba el rehogado, así que decidí apretar el paso, con tal mala fortuna que el mentado salero se me desprendió de estos dedos gurruminos.
  El asunto del toque de queda será gestionado a su debido tiempo, ¿tuvo o no tuvo que ver usted con el desplazamiento contra natura de Copito?
  ¿Copito?
  El gato de la señora Villagordo, su excelsa vecina. Asumo que ha leído usted el informe clínico y que está en posesión de sus facultades según el artículo SCAM barra dos, su declaración será certificada como vinculante y...
  Sí, sí, desde luego, Copito, excelsa. No, yo no tuve nada que ver. Además, cuando quise acariciarle el muñón me mordió el malnacido.
  Así que reconoce haber tenido contacto con el denunciante.
  Lo único que le puedo decir es que aquel gato me recordó a mi abuelo, señor, él estuvo en la guerra del Verano Insidioso donde perdió una pierna, yo estaba contrariado por haber dejado caer el salero y no sopesé las consecuencias que se derivarían de este acercamiento.
  Usted debería sopesar más a menudo. Como sabe, Copito ha interpuesto una denuncia por maltrato psicológico.
  Disculpe mi expresión cetrina, no me hallo en buen estado.
  Quizás un exceso de sal.
  ¿Me toma el pelo, señor?
  Aquí las preguntas las hago yo, Valde Higginsmar.
  Higgins Valdemar.
  El afectado pide una compensación por daños y perjuicios.
  ¿De cuánto estamos hablando?
  Insisto en que el que pregunta soy yo. Cinco mil pesercios o treinta y siete meses de servicios sociales, la Comunidad se encargará de reportar al damnificado la suma correspondiente aplicando las debidas retenciones y, o, en su caso, impuestos derivados de los gastos de vacunación, castración y desparasitación.
  Vamos, que a Copito le va a quedar una sexta parte.
  Yo sólo hago mi trabajo, puede usted consultar y exponer sus dudas utilizando su chip yugular, siempre que lo tenga con los papeles en regla, claro.
  Déjelo, acabemos cuanto antes con esta deliciosa diligencia. Me quedo con los treinta y siete meses de servicios sociales.
  Puede usted elegir campo de implantes o atención al clon deprimido. Aquí tiene los formularios, tiene usted que escanear aquí su retina, eso es, deposite aquí su dermis y firme con saliva en el identificador lingual, procure... eso es, no escupir fuera. Le llegará el resto de la documentación en un periodo de dos mil ciento sesenta horas, debe permanecer en su cubículo durante este tiempo para evitar una posible prórroga penal post mortem que se aplicaría a sus descendientes.
  Pues se lo agradezco mucho, señor.
  ¿Va a querer realizar alguna otra operación una vez concluida la presente?
  Sí.
  Un momento, por favor.
 
  Dígame.
  Pues deme media docena de huevos coloraos y una baguette de poliestireno.
  ¿Para llevar o para introducir?
  Para llevar, si es tan amable.
  Aquí tiene, don Guillermo Vladimir Harrods, y por cierto, felices fiestas, parece que se ha quedado buena noche.

sábado, 15 de septiembre de 2012

El transcurso irrelevante

                                                                                         Foto: J. Ibáñez

    Era un día cualquiera en una ciudad cualquiera. Federico Pinto se subió en la penúltima estación y su pensamiento le hizo un gesto como quien tiene treinta y una al mus, habían estado caminando separados un rato y no se habían dicho nada hasta ahora. El tranvía estaba tan lleno que perdía pasajeros como una bolsa de pipas mal cerrada, aun así aceleró como si no hubiera ocaso contradiciendo las leyes de fricción y del sentido común.
    -¿Te has leído el libro que te recomendé? No me lo digas, ya lo sé, otra vez has estado procrastinando, eres un vago. Sólo los grandes pensadores llegan lejos. Ya lo decía Descartes, dos cosas contribuyen a avanzar: ir más deprisa que los otros o ir por el buen camino, pero tú, Federico, si no haces ni lo uno ni lo otro serás un mediocre ad nauseam.
    Federico sólo quería comer pipas animado por la comparación de antes. Escuchar a su pensamiento mentando en latín y pronunciando la palabra dekagt le aturdía más que el traqueteo del tranvía y en ese momento creyó que podía saltar por la ventanilla, resultar ileso y librarse de responder. Sin embargo dijo:
    -Yo no quiero avanzar, ¿sabes cuál es mi filosofía? transcurrir, yo transcurro. Tú lo único que haces es enredar… Además, sí que me he leído el dichoso libro.
    Estas palabras llenaban la boca de Federico de autosuficiencia y la vaciaban de saliva, pero ambos procesos se vieron interrumpidos por una estrepitosa sacudida y el señor bajito vestido de verde que estaba al lado salió despedido sin parecer afectado.
    -¿Sí? ¿Te lo has leído? –dijo su pensamiento mirándose los dientes en el reflejo del retrovisor de delante. Su mirada coincidió con la del conductor un instante y ninguna conclusión se pudo sacar de este suceso.
    -Bueno sí, me he leído las tapas y el lomo. ¿Cómo se llamaba? Eres Granjero… me das un libro para plantar tu huerto. Antes prefiero leerme los ingredientes del atún con tomate.
    La sensación de estar en posesión de la razón dio paso a la duda de si su última frase era realmente necesaria.
    -Federico, eres un borrico, es El Extranjero. ¿Has estado bebiendo? Por Kepler, sienta de una vez la cabeza, sólo son las nueve.
    Un niño con el dedo en la nariz les miraba embobado. Alguien le hizo una foto. Federico tenía un aspecto lamentable, si su pelo fuera una fregona habría que tirarla. Pasaron unos segundos en los que nadie se hizo caso y su pensamiento prosiguió:
    -Mira, olvida el libro, pero haz algo, tienes el precipicio detrás y nos vas a hacer caer a los dos, y no vale improvisar cualquier cosa, ya se sabe que la maniobra es imprudente si de popa es la corriente.
    Federico se preguntó qué demonios tenía que ver su destino con el refranero marino y al no hallar respuesta se imaginó que el tranvía descarrilaba y que rescataba a una señora de entre las llamas, que más tarde le buscarían para agradecerle su heroicidad pero él se habría retirado en mitad de la noche a la azotea más alta de la ciudad, donde respiraría agotado por subir tanta escalera.
    -Me dan miedo las alturas...
    Su pensamiento, que conocía a Federico desde que eran críos, supo el origen de esta digresión y quiso ofrecerle algo esclarecedor.
    -No ser amados es una simple desventura, la verdadera desgracia es no amar.
    -Acabo de acordarme de un sueño, alguien me daba fruta o algo de comer, después de un rato me daba cuenta de que estaba todo lleno de gusanos.
    -Los sueños, sueños son…
    -No me importaba demasiado, seguía comiendo y trataba de averiguar a qué se parecía el sabor.
    -Un hombre tiene que tener siempre el nivel de la dignidad por encima del nivel del miedo.
    -¿Querrá decir que me espera algo malo?
    -El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad.
    -Hay quien define el futuro de manera menos poética…
    El mugriento altavoz incrustado sobre la puerta quiso participar en la conversación y definió el futuro a su manera y con voz de rejilla:
    -Próxima estación, Justicia, final de trayecto.
    Un hombre quiso rascarse el brazo sin éxito, unas gafas empañadas impedían ver al que las llevaba, alguien cruzó el dedo gordo del pie sobre el contiguo. Federico comprendió que esta cadena de acontecimientos no significaba absolutamente nada y se bajó del tranvía con una pierna dormida. Antes de doblar la esquina su alma le saludó como si le conociera de toda la vida.
    -Has estado pensando de nuevo, te lo veo en la cara. Te diré algo, pensar es más interesante que saber, pero menos interesante que mirar.
    Y llenó de pinturas las retinas de Federico Pinto.